Miedo, miedo a la muerte principalmente, pero el
miedo en sí es lo que nos mueve y lo ha estado haciendo desde hace ya
muchísimos años. El término de una vida nos lleva a un sinfín de preguntas no
solo médicas o biológicas, la muerte ha armado guerras, marchas, libros,
declaraciones políticas y al final de todo, miedo.
Impulsándonos a buscar respuestas, métodos para
evitarla, curas a enfermedades y recetas para vivir más, es nuestro constante
existir los que nos lleva a querer encontrarle respuesta a ese ineludible fin.
Centrándonos exclusivamente en el concepto biológico,
nuestro propósito en vida es procrear y perpetuar la especie, dándonos el
tiempo biológicamente necesario para (nacer) crecer, madurar lo suficiente para
procrear, hacer nuestra colaboración para que perdure la especie dejando
nuestra descendencia y final, pero ya advertidamente, morir.
Pero eso es estrictamente desde el punto de vista
biológico; la muerte implica un cambio más radical que el simple hecho de la
pérdida del funcionamiento autosuficiente del cuerpo humano. Hablando
“metafísica” y “filosóficamente” la muerte vendría siendo la perdida de la tan
discutida alma; hablando social y psicológicamente la muerte seria la perdida
de ese ser que era una de las piezas importantes en el engranaje de una
estructura tanto social, económica y sobre todo familiarmente; y emocionalmente
la pérdida de un ser representaría un vacío que evolucionaria a un duelo que
finalmente llevaría a lo que ya expuse antes, miedo.
La Real Academia Española define la muerte como
“Cesación o término de la vida”, o bien, en el pensamiento tradicional
“Separación del cuerpo y el alma”. Nosotros conocemos lo que es la muerte,
tenemos una idea bastante precisa, pues la muerte nos sucede a los vivos, y
ésta empezó el día en que los humanos fueron conscientes de su extinción, de esta
manera, la muerte ha sido parte de ella, complementándola; sin embargo, ha ido
cambiando a lo largo del tiempo, y para entenderla mejor, es necesario conocer
estos cambios, conocer su evolución.
Hace mil años las personas eran conscientes de su
mortalidad, el fin de la vida no se presentaba en caída libre, las personas
sentían la llegada de su propia extinción. El sentimiento de muerte era “una
convicción íntima, más que una premonición sobrenatural o mágica”.
La muerte es un tema muy extenso y complicado, por
ello, para este artículo, me gustaría rescatar algunas costumbres funerarias de
ciertas civilizaciones, de diferentes países, pues muchas de esas fueron la
base para las costumbres funerarias que ahora conocemos. La muerte ha sido
interpretada de diferente manera según las culturas, por ejemplo, en la cultura
judía, la respiración significaba vida, por lo tanto la falta de esta era la
muerte, “si durante el examen del cuerpo ningún signo de respiración puede ser
detectado en la nariz, la víctima debe ser dejada donde se halle, pues ya está
muerta”. En la concepción voduísta, la muerte le concierne al cuerpo social y a
la comunidad entera y no es un acontecimiento que ocurre para el individuo
solo. Precisamente el objetivo de los ritos alrededor de la muerte consiste en
hacer efectiva y definitiva la muerte real, física, del individuo, sin la cual
seguiría el muerto con su obsesión hacia los vivos. Para los practicantes de
los cultos cubanos de origen yoruba, la muerte no es más que otra forma de
vida.
Egipto.
En Egipto, sus rituales funerarios consistían en
momificación, que ya todos conocemos, en el cual el cadáver era embalsamado, lo
único que le dejaban era el corazón y los riñones, y después lo envolvían; en
mastabas, que fueron las primeras tumbas reales con cámara sepulcral
subterránea; pirámides, que eran los monumentos que se requerían realizar para
que el Faraón pudiera convertirse en un dios, y juicio de Osiris. Los egipcios
creían que renacían después de la muerte.
China.
En China, los ritos funerales eran el entierro, en
el cual el difunto era enterrado con sus objetos de uso cotidiano; y la
castración, pues los órgans eran conservados en alcohol por los eunucos, en
China se creía en la continuidad de la vida después de a muerte, y se decía que
la siguiente vida era igual a la anterior.
India.
En India, la muerte era el acontecimiento más
grande de la vida, y acostumbraban a sumergir el cadáver en las aguas del
Ganges, rodeado de hierbas durante 7 días para que la carne se suavizara, y
luego se incineraba.
Grecia.
En Grecia todo era un espectáculo, dramatismo,
violencia, llanto intenso, desvanecimientos, rasgado de vestidos, gemidos,
plañideras, juegos fúnebres y sacrificios humanos.
México.
En México se buscaba la vida eterna, y se
acostumbraba a la cremación, destinada a los muertos comunes, y al entierro,
para altos funcionarios y soberanos. Mientras que por el contrario en Roma, era
lo opuesto, el entierro era un deber sagrado, y la cremación para las familias
nobles, y ellos creían en una vida después de la muerte.
Muchas de estas costumbres se han ido adaptando a
la actualidad, hasta convertirse en lo que son ahora.
De su humanización hasta su privatización.
A lo largo del tiempo la muerte ha ido cambiando,
en primera instancia, como hemos visto, la mayoría de las culturas veían la
muerte como el mayor acontecimiento de todos, como una nueva oportunidad, como
algo bueno, y poco a poco, ésta se ha ido convirtiendo en tabú, en algo de lo
cual no se puede hablar porque es “malo”, “espantoso”, “nadie merece la
muerte”, la idea del fin de la existencia se hace tan insoportable que los
familiares del enfermo empiezan a esconderle que su muerte parece estar a la
vuelta de la esquina, y no sólo aplica en los enfermos, las personas empiezan a
huir de la muerte, no saliendo de casa, tomando pastillas diariamente, para
postergar algo que es inevitable. Los funerales ya no son lo mismo que solían
ser, en algunos lugares, como países occidentales se intenta que la muerte pase
de forma rápida y silenciosa, que ningún niño la vea “porque se espanta”, las
manifestaciones aparentes de luto son condenadas y desaparecen. Ya no se lleva
ropa oscura, no se adopta ya una apariencia diferente de la de los otros días,
“una pena demasiado visible nos inspira piedad, sino repugnancia”
El historiador Philippe Ariés ha presentado a la
muerte de hoy día como salvaje, ya que progresivamente ha perdido la contención
de los muros de la religión, de la comunidad y de la familia.
La muerte se ha ido deshumanizando, cada vez se
vuelve más privado, cada vez asisten menos personas, cuando antes la muerte era
un acontecimiento que se celebraba a lo grande, era pública.
Lo que quise explicar al mencionar todo esto es
que, en la actualidad las personas quieren los cuerpos de sus difuntos, pero
¿Por qué? ¿Los quieren tanto que quieren conservarlos? Podría ser porque a
pesar de que los ritos funerarios han evolucionado, la idea de que son
necesarios para que el ser trascienda ha quedado como base para realizarlos.
Podemos percatarnos de que cada vez que alguien desaparece por mucho tiempo, y
esa persona se da por muerta, sus familiares exigen el cuerpo, quieren tenerlo
y la pregunta primordial es el por qué, y aunque la idea de que es porque
quieren que esa persona se “vaya en paz” es muy bonita y realista, yo he
llegado a la conclusión de que lo hacen como una reacción egoísta, de que
tenemos miedo de lo que nos vaya a pasar, ya que la muerte se ha convertido en
un tabú y se ha deshumanizando, buscamos los cuerpos para buscar la razón, como
simple morbo, saber de qué manera murieron esas personas, para así evitar
nuestra muerte, aplazándola, haciendo todo lo contrario a lo que esa persona
hizo. Sin embargo considero, que al saber esto, nosotros podemos hacer un
cambio en nuestra mentalidad, porque al final de cuentas, la muerte es algo
natural, es parte del ciclo de la vida, y vivir huyendo de ésta, no es vivir.
Disfrutemos el tiempo que nos queda, amemos fuertemente a los que nos rodean,
hagamos aquello que amamos hacer, hagamos un cambio por la sociedad, atrévete a
hacer todo lo que no haces por miedo, hagamos todo esto antes de que sea tarde…

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