Todos los lunes y jueves cerca de las seis de la tarde, el mejor
horario ya que el sol va cayendo, se siente una brisa suave rozar la piel, no
hay nada que se pueda comparar, junto mi ropa especial de ensayo y me dirijo
hacia Talleres Max Nordau, en la calle 11, e/58 y 59, para tomar mis clases de danza clásica.
Transito las cuadras que me separan de la Facultad de Periodismo
hasta las del lugar, a pie. Con mucha tranquilidad, empiezo a dar los pasos
disfrutando de lo cálido del día, ya que al no hacer frio pero tampoco mucho
calor, hace que las personas sientan agrado de poder disfrutar de las calles,
con un poco de música en mis oídos, ver los autos pasar, los arboles moverse
levemente con el viento y en consecuencia, a los pocos segundo dirijo la mirada
hacia el piso debido a las hojas que se desprenden de las ramas de los árboles
para caer al piso.
El sol de a poco va cayendo, permitiendo que la luna pueda
aparecer dándole la bienvenida a la noche, y casi sin darme cuenta, quizás me
distraje pensando, pero el camino se me hizo verdaderamente corto porque llegue
a mi destino tan esperado.
¿Por qué asisto ahí y no a otra academia?- me pregunto siempre,
pero a la vez me agarro la cabeza y me respondo a mi misma,
“Sin pensarlo ni un segundo, no hay mejor lugar para el cuidado de
las niñas y adolescentes que realizan dicha actividad conmigo, de manera muy
natural.”
Llegando al lugar, con sus paredes naranjas y un cartel que dice
el nombre del lugar “MAX NORDAU”, un centro cultural, en el que se brindan diversas
clases, como teatro, y también deportes como vóley, handball, entre otros, pero
la que más me interesaba era danza clásica, la cual se realiza en una de las
aulas grandes del lugar.
Al ingresar por la puerta, observo hacia la derecha la biblioteca
y muchas niñas y niños pintando y leyendo hasta el comienzo de sus actividades,
saludo al portero como todos los días, a lo cual me devuelve el saludo y subo
las escaleras ubicadas a la izquierda de la entrada, que me llevan hacia el
primer piso en donde se encuentra el anfiteatro que es donde se brinda la
clase.
Mientras recorro los pasillos, puedo observar las paredes pintadas
de verde con diseños en gris, azul, rojo, etc. Una baranda de madera que
permite la mirada hacia la planta baja, donde se encuentran ensayando para una
obra de teatro, y por sobre todas las cosas, se pueden apreciar muchas puertas,
todas pintadas de color blanco.
Los diseños y colores no son lo único llamativo del lugar, ya que
los sonidos son otro de los protagonistas del mismo.
Caminar e ir escuchando las otras diversas clases que se brindan
en el lugar, queriendo abrir esas puertas sin conocer donde te pueden llevar,
es un sonido que te transporta hacia las clases, aunque no se entienda lo que
se enseñe y no seas participe, es sentir que perteneces a un lugar del cual no
sus participante, pero que si te dejas llevar por los sonidos lo serias sin
dudarlo.
Un sitio muy
especial
Cruzar una puerta siempre trae muchas dudas, ¿Qué es lo que hay
detrás? ¿Será bueno o malo cruzarla? La decisión siempre está en cada uno, su
seguridad y sus miedos al atravesarla.
Siempre con una vibra y pensamientos positivos, seguros de lo que
hacemos, el sí, es decir la seguridad abre puertas, está en uno siempre pasar o
quedarse afuera.
Abrir aquella puerta blanca y un poco escondida es mi ingreso al
mundo de la felicidad, siempre llego un rato antes de que empiece mi clase, así
puedo ver a mis compañeras más chiquitas seguir creciendo.
Pasados los minutos, se acercan las ocho de la noche, las calles oscuras
y el aula con una sola ventana en una de sus paredes en donde se puede ver una
escalera blanca del lado de afuera, mucha iluminación, una barra de baile para
realizar estiramientos, música en un tono bajo, paredes en color verde y
celeste, un gran espejo en una de las pareces, una estantería para guardar
bolsos y elementos que no se usen. Una sala de danza, ambientada con lo
necesario para poder llevar a cabo una clase de danza clásica normal.
Las mejores dos horas del día, las cinco integrantes del grupo ya
estábamos presentes, todas vestidas acorde a la situación, (calza, remera y
descalzas), con el pelo atado. No hacía falta más nada, y dimos comienzo a la
clase de danza.


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