Nadie se llega a imaginar cuál será el último
día que esté en casa, trabajo, universidad o los distintos lugares que
visitamos a diario, esta es la realidad que vive el mundo en estos momentos, a
causa de una pandemia llamada coronavirus (COVID-19) que nos obliga a quedarnos
guardados por nuestro bien y los que queremos.
El pasado lunes 9 de Marzo, llegando a trabajar
a las nueve de la mañana, día que pintaba gris, lluvioso, triste y sin
clientes, espacio que solo habitaban jefes y empleadores, todos con tapabocas,
otros sin cuidarse, caras tristes, preocupadas, una tensión que no se había
sentido en otros tiempos, ni en temporadas bajas.
Fue el último día que pude trabajar, a raíz de
que se presentaron los primeros casos de coronavirus, los dueños de los centros
comerciales decidieron cerrar todo, para evitar los contagios, fue una decisión
que para muchos cayó como un baldado de agua fría, puesto que la mayor parte de
personas nos sostenemos económicamente solo de lo que vendemos y día que no se
trabaja, no se recibe dinero, aparte, muchos corren con la responsabilidad de
mantener a más personas, como son los “empleados”.
Ese día se vio el llanto de varias personas, al
cerrar los locales y los demás centros comerciales, al llegar a mi casa le
avisé a los clientes y a mis padres que no se iban abrir algunos días, por el
virus, al estar enterarse se mostraron preocupados, debido a que son personas
que sobreviven de los productos que encuentran allí y hasta hay algunos que
tienen visitar este lugar a diario.
En las horas de la noche llegó un comunicado de
la Universidad Central en el cual avisaban que las clases empezarían de forma
virtual, mientras pasaba lo del COVID-19, me sentí tranquila al saber que me
podría cuidar aún más, si estaba en mi casa junto a mi familia, sin tener que
exponerme en el transporte público.
Las clases virtuales empezaron aquel día,
cuidándonos desde casa, pero sin salir a trabajar, en ese momento creí que
había asimilado la situación, pero con el pasar de los días se volvió una
rutina aburrida, levantarme tarde, hacer ejercicio, oficio, trabajos, clase y
dormirme a las 4 o 5 de la mañana revisando el celular.
Los primeros días el encierro no agobia, pero
con el tiempo solo me produce estrés el hecho de tener que hacer todos los días
lo mismo y aunque cuento con todo el tiempo del mundo, con el cual no contaba
antes, me da incluso más pereza, me molesta tener que ver clases virtualmente,
debido a que sufrí para estudiar, un semestre de 7 millones cancelado con mucho
esfuerzo y llegar a tal punto de no presenciarlo como debe ser.
Otro punto que me llena de impotencia en este
momento es que como lo dije anteriormente no estamos recibiendo sustento de
ningún lado y si esto es así, quiere decir que no voy a poder pagar el internet
y a base de esto se hacen los trabajos de la universidad para pasar el
semestre, estoy a días de quedarme sin esta herramienta fundamental, puesto que
el poco dinero ahorrado solo alcanza para los servicios y los alimentos.
Resalto el internet como factor importante, porque
aparte de la universidad, también nos sirve para comunicarnos con nuestros
seres queridos, en mi lugar tengo a mi hermano mayor en Estados Unidos, donde
está la situación aún más crítica y es nuestra única forma de saber del
bienestar de él, pero a medida que transcurra el tiempo no se sabe si así vaya
seguir siendo.
Estamos con la incertidumbre de si lleguemos a
sobrevivir a una situación como esta, de cómo nos vamos sostener
económicamente, son cosas en las que no queremos pensar y por eso buscamos
tipos de entretenimiento como el parqués, el dominó, el ejercicio, las charlas,
las historias, para no desesperarnos.
Hoy completo más de un mes sin salir de mi
casa, y mi pregunta es ¿Durará esto 40 días o más? Creo que con los casos que
van aumentados a medida que pasa el tiempo, lo más probable es que ¡sí! y solo
nos tenemos que llenar de fe y tranquilidad, para que mejore todo lo que un día
comenzó y nos privó de nuestra libertad por un tiempo.
No todo es malo, estos unos unió y nos entregó
más con nosotros mismos y nuestras familias; innovando, aprendiendo,
compartiendo, sin perder el tiempo. En mi caso disfruto escribir, como lo estoy
haciendo hoy, este tipo de cosas me distraen y aún más poder contarles a más
personas como me ha tocado pasar un momento tan crítico, como lo es para todo
el mundo.
Quiero decirles que no importa si son 40 días o más, lo
importante es que nuestros seres queridos sigan completos y que no tengamos que
pasar por un dolor tan grande como le ha tocado a varias familias, al perder un
ser querido. Estar completos, es lo que más nos debe importar en el ahora,
pienso que el tiempo de Dios es perfecto, por eso debemos seguir preparándonos
todos los días para ser siempre, mejores personas.

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