Debajo
de un ardiente sol, Martha Cecilia González Vélez, maestra
de la Institución Educativa San Luis, sede Irrena; ubicada en la vereda
Shangai, del municipio de Neira, Caldas, camina unos 20 minutos. Debe superar
una trocha, agrietada, seca y desnivelada que se encuentra en el Kilómetro 41.
El camino para llegar a dicha escuela no tiene árboles que brinden sombra. El
sol es inclemente, pero cuando llueve, pocos vehículos se atreven a entrar,
pues este camino, en invierno, da un giro de 180°. Se forman pantanos por todos
lados, charcos imposibles de esquivar y a su vez, caen troncos y ramas que
impiden el paso.
Todos los días la profe se levanta a las 4 - 4:10 de
la mañana, se toma un café para terminar de despertar, empieza a organizarse
para coger una buseta que la lleve hasta Villa Pilar, donde se encuentra con
unas compañeras que la llevan en el carro a una cafetería ubicada en toda la
vía del kilómetro 41. Y es allí donde empieza su travesía.
En Shangai, Martha es sinónimo de alegría y esperanza,
apenas la ven aparecer por una pequeña loma, las personas salen a su encuentro
a saludarla con un "hola profe, la familia cómo está”. Los niños que van
caminando por la única calle de la vereda, corren a abrazarla. Le dan una
bienvenida de las que arrugan el corazón. La ternura, el amor y la paz son los
sentimientos que se ven reflejados en esta escena.
Esta es una escuela unitaria, es decir, en el mismo
salón se les enseña a estudiantes de diferentes edades y grados de primaria,
pues el número de alumnos es tan bajo que no da para abrir todos los cursos.
Martha, podría decirse, es una pequeña llovizna en
medio del desierto. Muchos de los niños de la zona viven situaciones difíciles:
hambre, horas de trabajo, maltratos, zozobra de no saber si el siguiente año
abrirá la escuela e incluso, víctimas de violaciones. Pero cuando llega la
profe, el ambiente cambia. En el aire se siente alegría.
Mientras todos van entrando a la escuela, Isabela, la
más pequeña de sus alumnas arranca una flor y se la entrega. “Profe, mira, te
regalo esta flor”, dice la niña de cinco años. “Gracias - dice Martha - pero a
la próxima primero le pides permiso a la matica antes de arrancarla”. Es normal
ver a la profesora hablándole a las flores y a los árboles, pues afirma que a
la naturaleza le debemos la vida.
En el hombro carga su infaltable guitarra, ya que
cualquier momento es bueno para cantar e inyectarle música a la vida, pues
considera que esta destreza es una herramienta pedagógica. Los alumnos de esta
escuela reciben clases de flauta y artística para explotar las habilidades con
las que cuentan.
Su pelo la mayoría de veces va recogido en una coleta
o trenza, refleja frescura. Las pecas que le ocasionó el sol ya parecen como si
hubieran estado siempre en su cara, una menuda nariz que encaja con sus
pequeños labios; su aspecto concuerda
con la voz dulce, tierna y delicada que la caracteriza. Constantemente va en
tenis, mallas y camisas guayaberas. Usa ropa cómoda para que sus actividades
cotidianas sean más llevaderas, y para que el calor sea menos inclemente.
La música, su vida
Martha estudió educación escolar. Su sueño era ser
profe en una escuela rural. “Me metí a un concurso de maestros porque tenía
mucha inestabilidad económica en el trabajo que estaba. Tenía que poner que me
iba a desempeñar en Manizales, pero me equivoqué y puse Caldas”, se ríe
mientras cuenta cómo llegó a ser maestra. “La vida misma me llevó a ser
profesora rural, y pues al fin y al cabo eso era lo que quería”, cuenta Martha.
"Yo disfruto mucho el trabajo y la vida del
campo. La vida sencilla de la gente, la forma de vida de los niños. Son
personas muy transparentes y muy auténticas. Eso me motiva mucho a hacer lo que
hago, porque me encanta poder hacer parte de sus vidas", dice la profe con
alegría.
Esta profesora es música, dibujo, teatro, canto y
pintura. Su primera aproximación a los instrumentos fue gracias a su hermano
Miguel Ángel, pues él estudiaba en Bellas Artes y un día no podía ir a clase
entonces la mandó a ella de 15 años a que llevara la excusa.
"Me encontré al profesor de mi hermano, era un
viejito muy lindo, yo le conté que me gustaba mucho la música, entonces me dijo
que lo acompañara al salón y sacó una flauta de madera hermosa, y me la
prestó". Martha empezó a practicar en su casa, cuenta que los tenía
“mareados” a todos, pues nadie le enseñó cómo usarla. Aprendió a punta de
ensayo y error.
Cada que tenía que entregar la flauta siempre ocurría
lo mismo, ella le decía al profesor que aún no había podido comprar su propio
instrumento y él, al ver su entusiasmo, le decía que no había problema, que se
la prestaba por más tiempo.
Pasaron algunos meses cuando una amiga de por la casa
donde vivía Martha le pidió que la acompañara al cementerio Jardines de la
Esperanza. Las vueltas que da la vida.
"Cuando llegamos vimos un entierro muy hermoso
con músicos tocando", aseveró Martha. De inmediato le dijo a su amiga que
ese entierro debía ser porque un músico se había muerto. "A mí me dio
curiosidad y fui y me asomé y era el profesor que me había prestado la
flauta", la voz se le corta y hace una pausa, entre lágrimas dice que se
quedó con el instrumento. Asegura que ese préstamo fue sin duda lo que hizo que
se enamorara de la música.
Martha y una Colombia más justa
"Es muy comprometida y muy noble, siempre busca
hacer las cosas bien y que generen impacto", así la describe Laura
González, su sobrina. Martha se
considera altruista, dice que siempre le han gustado los temas que tengan que
ver con la paz y el amor por el prójimo.
“El Banco de la República creó un proyecto con el fin
de vincularse a todo el proceso de paz del país, y a mí me invitaron desde que
inició y hace tres años hago parte de él", explica la profe.
Con esta vinculación, Martha empezó realizar con sus
estudiantes trabajos relacionados con este tema. A finales del año pasado,
realizó una actividad con los niños de la escuela y con una abuela de la
vereda. La basó en un libro que se llama Los
niños piensan la paz. "Yo le tomé unas fotos a los niños ese día y
quedaron tan bonitas, las mandé con el permiso adecuado. Y allá en Bogotá, en
Mediadores de Paz, les encantó. La pusieron de portada de la página y
todo". Cuenta con orgullo
No sabe si fue por la foto o por qué, pero este año se
hizo el tercer Encuentro de Mediadores Culturales en Bogotá y la escogieron a
ella para que representara a Manizales en todo el país.
Martha se describe como una persona muy sensible,
tanto que según ella, a veces se pasa. "Me gustan mucho las cosas
sencillas de la vida, sin muchos adornos, sin muchas apariencias, prefiero las
cosas como son. Me encanta la naturaleza, la amo. Soy muy poco convencional, me
gusta meterme en las causas y luchar”, concluye con tono pícaro.
Luego de un día de clases, de cantos, de rimas y de mucho
amor, es hora de que la profe regrese a su casa. Ahora bajo un clima menos
inclemente, vuelve a su hogar. Debe preparar la clase del día siguiente,
finalmente, construye, día a día, una sociedad distinta para los niños de la
vereda y, para eso, debe madrugar.

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