12:00 del día, bajo un cielo nublado,
Ramón Alberto Ceballos Márquez da vueltas y vueltas en su amada bicicleta verde
con negro al velódromo de la Universidad de Caldas. Parece un niño cuando
estrena un triciclo, solo quiere pedalear y pedalear y lo hace con una pierna,
la izquierda, la que le quedó después de perder su otra extremidad en un
accidente de tránsito…
Calvo, con nariz ancha, cejas negras
pobladas, barba gris, ojos rasgados, de contextura gruesa, sostiene el manubrio
de su juguete favorito y sigue rodando por el velódromo hasta que suena la
alarma que indica que es hora de bajarse de su caballito de acero para acudir
al quirófano donde se desempeña como médico anestesiólogo.
Embarrada de lodo y de salto en
salto, acomoda su bicicleta en la parte trasera de su camioneta negra 4x4 o
como él la llama “el carro sorpresa”. Desordenada, llena de tierra, como una
selva tropical viviente, pero en un vehículo, con forros militares en el
espaldar de los asientos y sonando un disco de rock de los 90´s a todo volumen;
Ramón con ayuda de un manubrio portátil al lado del timón del carro, donde
funciona el freno, arranca, mueve los cambios y empieza andar camino hacia el
trabajo.
Su experiencia profesional empezó en
el ejército, en donde estuvo por un largo tiempo por gusto propio, aún sin
saber cómo encaminaría su vida, hasta que la novia de esa época comenzó a
estudiar medicina y lo retó a ver si era capaz con la carrera. Su carácter
competitivo y rebelde aceptó, y en medio de su desubicación profesional le
terminó gustando.
Fue así, como se graduó de la
Universidad del Quindió en Armenia y después con esa misma pasión que lo
caracteriza, hizo la especialidad en Anestesia Cardiovascular en la Universidad
del CES y Anestesiología en la Universidad Militar Nueva Granada y de 47 años,
trabaja en San Marcel, Diagnostimed y Versalles en Manizales, Caldas.
Su vida dio un giro inesperado con el
trágico accidente, no sólo al perder una parte de su cuerpo, sino con los
nuevos retos que tendría que enfrentar por siempre. En 1998, esperando el
nacimiento de su bebé, finalizando semestre, entre sonidos de cascabeles, olor
a buñuelos y un gordo vestido de blanco y rojo por todas partes, ocurrió: “Tras
salir del trabajo como mesero a las 6:00 a.m con la rebeldía de siempre, nos
fuimos a tomar con mis compañeros y a participar en competencias de motos.
En medio de mi locura me subí sin
casco y borracho, expuesto a la vida y con adrenalina en la sangre. Comencé a
pestañear lentamente y cuando abrí los ojos de nuevo, estaba en la zona de
recuperación sin pierna y amnesia de lo que había pasado. Al parecer un camión
me pasó por encima.”
Su señora, Angélica López, la
acompañante de sus aventuras y locuras, no se dio por vencida y luchó al lado
de Ceballos para superar esos momentos tan difíciles.
El tiempo se había convertido en algo valioso,
aunque en ese momento todo era confuso y borroso, simplemente cerró ese
capítulo con cabeza fría y comenzaron esa nueva etapa junto con la acompañante
de su vida, su hija Alejandra Ceballos López.
Inquieto como un niño chiquito,
activo como una película de acción y competitivo en el deporte fueron los
motivos que combatieron una recuperación lenta y desesperante. La alternativa
de usar prótesis retumbó en la cabeza de Ramón, sin embargo, el mismo cuerpo la
rechazó en cada intento de encontrar una posible idea de volver a tener una
pierna, pero su espíritu aventurero no hizo que fuera suficiente para que se
acostumbrara, por lo que resolvió des complicarse la vida, sentirse libre, feliz
y veloz usando muletas.
Después de la turbulenta
recuperación, el revoltoso vuelo continuó. La presión arterial empezó a subir
peligrosamente, por lo que el doctor le dijo que la única manera de
controlarla, era practicando un deporte cardiovascular que le exigiera un
esfuerzo físico del cien por ciento.
Al principio, el boxeo y las artes
marciales se convirtieron en buenas opciones, pero las huellas moradas, verdes,
amarillas en la cara y el salpicado de sangre al llegar a casa, impidieron que
continuara y buscó otras alternativas.
Fue así como en un taller (hace ya 20
años) con una sonrisa de oreja a oreja pudo comprar una bicicleta para iniciar
un nuevo camino. Su obstáculo ya no solo se componía de encontrar un deporte
que ayudará a mejorar su salud, sino empezar desde cero con la bicicleta.
Con la emoción de un niño al destapar
un regalo, comenzó a practicar diariamente en una cancha de fútbol con sus
cuatro ruedas. Caída tras caída, raspada tras raspada, se levantaba con un
gesto tierno y volvía a intentar hasta que las llantas se desprendieron, ahí se
dio cuenta que era hora de dar un paso más y realizó su primera carrera,
después del accidente.
90 kilómetros es su máximo reto
realizado en bicicleta, las olas, la brisa y el mar de Cartagena le dieron esa
oportunidad. Su espíritu autónomo no lo deja descansar, por lo que no solo
pedalear hace parte de su cotidianidad, también correr y nadar, desde hace dos
años que ha emprendido esta nueva misión de triatlón. Sentir aire puro y
energía en cada latido de su cuerpo cuando entre cirugía y cirugía se congela
el tiempo para practicar.
64 kilómetros de pasión en El Giro de
Rigo, con gotas de sudor en su cuerpo, una respiración fuerte y agitada, pero
con entusiasmo, es lo que siente Ramón al ver que su esposa y su hija lo
esperan con felicidad, entre lágrimas, en la meta con el celular en la mano
listas para hacer click.
Con
esos mismos ánimos, luchando con las adversidades, Ramón planea entrenar hasta
el cansancio para la liga dePara triatlón Nacional, las Olimpiadas de Japón son el
próximo objetivo que lo hace vibrar.

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