Crédito de la foto: Google
El fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, no
sería la única derrota que el nazismo, y más concretamente Hitler tendrían, ya
que nueve años antes un estadounidense de raza negra le daría una
"cachetada" en su propia casa. Berlín fue el lugar de encuentro en
1936, en los Juegos Olímpicos que, según Adolf Hitler, demostraría al mundo
entero la superioridad de la raza aria alemana que lograría imponer.
En Oakville, Alabama, Estados Unidos; el 12 de
septiembre de 1913 nacería el menor de diez hijos (tres mujeres y siete hombres) de Henry
Cleveland Owens y Mary Emma Fitzgerald, James Cleveland Owens, un niño que a los nueve
años de edad le tocó emigrar, junto con su familia, a Cleveland, en busca de un
mejor futuro. De joven, sabía su obligación en el hogar, lo que lo llevó a
tener muchos trabajos, como cargador de vagones, reparador de zapatos y
distribuidor de mercancías. Debido a sus responsabilidades, desde tan chico,
forjó un carácter que para la práctica deportiva le serviría para no dejarse
tumbar por las adversidades. Justamente su carrera deportiva iniciaría en la
secundaria donde cursaba, en donde logró atraer la atención de los conocedores
del atletismo nacional al igualar el récord mundial de la carrera de las 100
yardas al parar los relojes en 9,4 segundos con solo 20 años de edad. Ya con el
apodo de "La bala" se sabía qué depararía el futuro de Owens. En la
Universidad Estatal de Ohio, continuaría con su notable progreso, consiguiendo
ocho títulos en la competición nacional entre universidades. Acontecimiento que
lo llevaría a hacer parte del equipo nacional y a los Juegos Olímpicos.
En 1936, los Juegos Olímpicos se realizarían en
la Alemania nazi, brindándole el regreso de Alemania a la comunidad
internacional tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. Todo ello, no por
idea del Führer, sino de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, quien veía
con buenos ojos el demostrar al mundo el avance alemán y querer generar
una imagen contraria
a la que se estaba generando, ya que el país germánico estaba dominado por la
idea de superioridad, por el deseo de limpiar la raza y por su objetivo
antisemita; todos implantados por la ambición del entonces canciller, Adolf
Hitler.
Jesse Owens, sabía a qué se enfrentaba. Sus
contrincantes no solo eran con quienes competía, también se le sumaba un
ambiente hostil y un cierto señalamiento por su color de piel en Alemania e
incluso de su país natal, pero debido a su personalidad, nada lo podría
superar, iba por todo y contra todos.
Se prendería el fuego en el Estadio Olímpico de
Berlín, con ilusiones, deseos y sed de gloria con la que contaban los 3.963
deportistas divididos en 49 países. Jesse Owens no quería ser menos y llegaba
con el objetivo de llevarse tres preseas doradas a casa. Su primer título olímpico
llegaría gracias a su velocidad en los 100 metros planos, demostrando el porqué
de su seudónimo, sin embargo, la rapidez no era en lo único en que se
destacaba, hecho que ratificó al día siguiente de colgarse su primer metal
dorado en el cuello cuando ganó el salto de longitud logrando una marca cercana
al récord mundial, el cual, también le pertenecía. No obstante, días posteriores confesó haber seguido consejos de su
principal rival en la lucha por el oro, el alemán Luz Long, cosa que
disgustaría a Hitler y los suyos, pues quería que todos los deportistas
alemanes apabullaran a sus contendientes. Más tarde, Long sería castigado al
ser enviado a la guerra, a pesar de que los deportistas de alto rendimiento
eran exentos de ir.
Aun así, Jesse no se conformaría con solo dos de
oros, iría con una sola idea en la cabeza a disputar los 200 metros planos:
ganar. Suceso que alcanzaría sin ningún contratiempo. El propósito estaba
cumplido, tres medallas de oro para USA. No obstante, un altercado entre el
seleccionador nacional de atletismo y dos de los cuatro atletas del equipo de
relevos, haría que se abriera un cupo para que Owens participará de dicho
equipo. Incidente por el cual él no estaba del todo contento, sin embargo,
disputaría la prueba con total profesionalismo consiguiendo subir a lo más alto
del podio por cuarta ocasión en los Juegos, además de romper el récord mundial
de la prueba.
Hubo un común denominador en el momento de las
entregas de medallas a Owens, pues se había acordado de que Adolf Hitler le
daría la mano a todo deportista que ganara su competencia. Pues bien, la
circunstancia que resaltó en esta ocasión fue que Hitler
en ningún momenti le dio la mano a Owens, por razones obvias. El
canciller inventaría una excusa de que el tiempo no le sería suficiente para
darle la mano a cada uno de los atletas. ¿Coincidencia? No lo creo... La verdad
es clara. Como si no fuera suficiente la humillación que tendría Hitler porque
una persona de raza negra se destacara como el mejor competidor de los Juegos
Olímpicos disputados en su tierra, asimismo, la acción de pasar la vergüenza de
ser tocado por un negro lo aterrorizaba.
Lo cierto es que Owens le plantó cara en su nación.
Esos serían las últimas carreras disputadas de
Jesse Owens, pues a su regreso a los Estados Unidos, el racismo estaba en su
máximo esplendor, y las autoridades del atletismo nacional le harían la vida
imposible, logrando llevar, al múltiple campeón olímpico, al retiro. De este
modo, no tendría sustento para él y su familia, por lo tanto, volvería a
ejercer trabajos convencionales.
Un rival que no pudo vencer fue el cáncer de
pulmón, que se le generó por fumar una cajetilla de cigarrillos diaria por 35
años. Owens fallecería el 31 de marzo de 1980, dejando un importante legado no
solo para el deporte, sino para la vida. Hombre que tuvo el valor de ir a un
país lleno de prejuicios sin sentido, capaz de superar a todos sus
contendientes independientemente de su color de piel o de la bandera que
defendieran en el pecho, el carácter de pelear por sus sueños sin importar
quién estuviese de frente; ese fue Jesse Owens, quien derrotó a Hitler en otra
batalla: el atletismo.




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