lunes, 6 de julio de 2020

La luz al final del túnel

Foto : Google


12:00 del día, bajo un cielo nublado, Ramón Alberto Ceballos Márquez da vueltas y vueltas en su amada bicicleta verde con negro al velódromo de la Universidad de Caldas. Parece un niño cuando estrena un triciclo, solo quiere pedalear y pedalear y lo hace con una pierna, la izquierda, la que le quedó después de perder su otra extremidad en un accidente de tránsito…

Calvo, con nariz ancha, cejas negras pobladas, barba gris, ojos rasgados, de contextura gruesa, sostiene el manubrio de su juguete favorito y sigue rodando por el velódromo hasta que suena la alarma que indica que es hora de bajarse de su caballito de acero para acudir al quirófano donde se desempeña como médico anestesiólogo.

Embarrada de lodo y de salto en salto, acomoda su bicicleta en la parte trasera de su camioneta negra 4x4 o como él la llama “el carro sorpresa”. Desordenada, llena de tierra, como una selva tropical viviente, pero en un vehículo, con forros militares en el espaldar de los asientos y sonando un disco de rock de los 90´s a todo volumen; Ramón con ayuda de un manubrio portátil al lado del timón del carro, donde funciona el freno, arranca, mueve los cambios y empieza andar camino hacia el trabajo.

Su experiencia profesional empezó en el ejército, en donde estuvo por un largo tiempo por gusto propio, aún sin saber cómo encaminaría su vida, hasta que la novia de esa época comenzó a estudiar medicina y lo retó a ver si era capaz con la carrera. Su carácter competitivo y rebelde aceptó, y en medio de su desubicación profesional le terminó gustando.
Fue así, como se graduó de la Universidad del Quindió en Armenia y después con esa misma pasión que lo caracteriza, hizo la especialidad en Anestesia Cardiovascular en la Universidad del CES y Anestesiología en la Universidad Militar Nueva Granada y de 47 años, trabaja en San Marcel, Diagnostimed y Versalles en Manizales, Caldas.

Su vida dio un giro inesperado con el trágico accidente, no sólo al perder una parte de su cuerpo, sino con los nuevos retos que tendría que enfrentar por siempre. En 1998, esperando el nacimiento de su bebé, finalizando semestre, entre sonidos de cascabeles, olor a buñuelos y un gordo vestido de blanco y rojo por todas partes, ocurrió: “Tras salir del trabajo como mesero a las 6:00 a.m con la rebeldía de siempre, nos fuimos a tomar con mis compañeros y a participar en competencias de motos.
En medio de mi locura me subí sin casco y borracho, expuesto a la vida y con adrenalina en la sangre. Comencé a pestañear lentamente y cuando abrí los ojos de nuevo, estaba en la zona de recuperación sin pierna y amnesia de lo que había pasado. Al parecer un camión me pasó por encima.”

Su señora, Angélica López, la acompañante de sus aventuras y locuras, no se dio por vencida y luchó al lado de Ceballos para superar esos momentos tan difíciles.
 El tiempo se había convertido en algo valioso, aunque en ese momento todo era confuso y borroso, simplemente cerró ese capítulo con cabeza fría y comenzaron esa nueva etapa junto con la acompañante de su vida, su hija Alejandra Ceballos López.

Inquieto como un niño chiquito, activo como una película de acción y competitivo en el deporte fueron los motivos que combatieron una recuperación lenta y desesperante. La alternativa de usar prótesis retumbó en la cabeza de Ramón, sin embargo, el mismo cuerpo la rechazó en cada intento de encontrar una posible idea de volver a tener una pierna, pero su espíritu aventurero no hizo que fuera suficiente para que se acostumbrara, por lo que resolvió des complicarse la vida, sentirse libre, feliz y veloz usando muletas.

Después de la turbulenta recuperación, el revoltoso vuelo continuó. La presión arterial empezó a subir peligrosamente, por lo que el doctor le dijo que la única manera de controlarla, era practicando un deporte cardiovascular que le exigiera un esfuerzo físico del cien por ciento.
Al principio, el boxeo y las artes marciales se convirtieron en buenas opciones, pero las huellas moradas, verdes, amarillas en la cara y el salpicado de sangre al llegar a casa, impidieron que continuara y buscó otras alternativas.

Fue así como en un taller (hace ya 20 años) con una sonrisa de oreja a oreja pudo comprar una bicicleta para iniciar un nuevo camino. Su obstáculo ya no solo se componía de encontrar un deporte que ayudará a mejorar su salud, sino empezar desde cero con la bicicleta.
Con la emoción de un niño al destapar un regalo, comenzó a practicar diariamente en una cancha de fútbol con sus cuatro ruedas. Caída tras caída, raspada tras raspada, se levantaba con un gesto tierno y volvía a intentar hasta que las llantas se desprendieron, ahí se dio cuenta que era hora de dar un paso más y realizó su primera carrera, después del accidente.

90 kilómetros es su máximo reto realizado en bicicleta, las olas, la brisa y el mar de Cartagena le dieron esa oportunidad. Su espíritu autónomo no lo deja descansar, por lo que no solo pedalear hace parte de su cotidianidad, también correr y nadar, desde hace dos años que ha emprendido esta nueva misión de triatlón. Sentir aire puro y energía en cada latido de su cuerpo cuando entre cirugía y cirugía se congela el tiempo para practicar.

64 kilómetros de pasión en El Giro de Rigo, con gotas de sudor en su cuerpo, una respiración fuerte y agitada, pero con entusiasmo, es lo que siente Ramón al ver que su esposa y su hija lo esperan con felicidad, entre lágrimas, en la meta con el celular en la mano listas para hacer click.  

Con esos mismos ánimos, luchando con las adversidades, Ramón planea entrenar hasta el cansancio para la liga dePara triatlón Nacional, las Olimpiadas de Japón son el próximo objetivo que lo hace vibrar.














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