sábado, 4 de julio de 2020

Caminando a la escuela y a la vida a pie

Foto de : Fecebook



Debajo de un ardiente sol, Martha Cecilia González Vélez,  maestra  de la Institución Educativa San Luis, sede Irrena; ubicada en la vereda Shangai, del municipio de Neira, Caldas, camina unos 20 minutos. Debe superar una trocha, agrietada, seca y desnivelada que se encuentra en el Kilómetro 41. El camino para llegar a dicha escuela no tiene árboles que brinden sombra. El sol es inclemente, pero cuando llueve, pocos vehículos se atreven a entrar, pues este camino, en invierno, da un giro de 180°. Se forman pantanos por todos lados, charcos imposibles de esquivar y a su vez, caen troncos y ramas que impiden el paso.

Todos los días la profe se levanta a las 4 - 4:10 de la mañana, se toma un café para terminar de despertar, empieza a organizarse para coger una buseta que la lleve hasta Villa Pilar, donde se encuentra con unas compañeras que la llevan en el carro a una cafetería ubicada en toda la vía del kilómetro 41. Y es allí donde empieza su travesía.

En Shangai, Martha es sinónimo de alegría y esperanza, apenas la ven aparecer por una pequeña loma, las personas salen a su encuentro a saludarla con un "hola profe, la familia cómo está”. Los niños que van caminando por la única calle de la vereda, corren a abrazarla. Le dan una bienvenida de las que arrugan el corazón. La ternura, el amor y la paz son los sentimientos que se ven reflejados en esta escena. 

Esta es una escuela unitaria, es decir, en el mismo salón se les enseña a estudiantes de diferentes edades y grados de primaria, pues el número de alumnos es tan bajo que no da para abrir todos los cursos.

Martha, podría decirse, es una pequeña llovizna en medio del desierto. Muchos de los niños de la zona viven situaciones difíciles: hambre, horas de trabajo, maltratos, zozobra de no saber si el siguiente año abrirá la escuela e incluso, víctimas de violaciones. Pero cuando llega la profe, el ambiente cambia. En el aire se siente alegría.

Mientras todos van entrando a la escuela, Isabela, la más pequeña de sus alumnas arranca una flor y se la entrega. “Profe, mira, te regalo esta flor”, dice la niña de cinco años. “Gracias - dice Martha - pero a la próxima primero le pides permiso a la matica antes de arrancarla”. Es normal ver a la profesora hablándole a las flores y a los árboles, pues afirma que a la naturaleza le debemos la vida.

En el hombro carga su infaltable guitarra, ya que cualquier momento es bueno para cantar e inyectarle música a la vida, pues considera que esta destreza es una herramienta pedagógica. Los alumnos de esta escuela reciben clases de flauta y artística para explotar las habilidades con las que cuentan.

Su pelo la mayoría de veces va recogido en una coleta o trenza, refleja frescura. Las pecas que le ocasionó el sol ya parecen como si hubieran estado siempre en su cara, una menuda nariz que encaja con sus pequeños labios;  su aspecto concuerda con la voz dulce, tierna y delicada que la caracteriza. Constantemente va en tenis, mallas y camisas guayaberas. Usa ropa cómoda para que sus actividades cotidianas sean más llevaderas, y para que el calor sea menos inclemente.

La música, su vida

Martha estudió educación escolar. Su sueño era ser profe en una escuela rural. “Me metí a un concurso de maestros porque tenía mucha inestabilidad económica en el trabajo que estaba. Tenía que poner que me iba a desempeñar en Manizales, pero me equivoqué y puse Caldas”, se ríe mientras cuenta cómo llegó a ser maestra. “La vida misma me llevó a ser profesora rural, y pues al fin y al cabo eso era lo que quería”, cuenta Martha.

"Yo disfruto mucho el trabajo y la vida del campo. La vida sencilla de la gente, la forma de vida de los niños. Son personas muy transparentes y muy auténticas. Eso me motiva mucho a hacer lo que hago, porque me encanta poder hacer parte de sus vidas", dice la profe con alegría. 

Esta profesora es música, dibujo, teatro, canto y pintura. Su primera aproximación a los instrumentos fue gracias a su hermano Miguel Ángel, pues él estudiaba en Bellas Artes y un día no podía ir a clase entonces la mandó a ella de 15 años a que llevara la excusa.

"Me encontré al profesor de mi hermano, era un viejito muy lindo, yo le conté que me gustaba mucho la música, entonces me dijo que lo acompañara al salón y sacó una flauta de madera hermosa, y me la prestó". Martha empezó a practicar en su casa, cuenta que los tenía “mareados” a todos, pues nadie le enseñó cómo usarla. Aprendió a punta de ensayo y error.

Cada que tenía que entregar la flauta siempre ocurría lo mismo, ella le decía al profesor que aún no había podido comprar su propio instrumento y él, al ver su entusiasmo, le decía que no había problema, que se la prestaba por más tiempo.
Pasaron algunos meses cuando una amiga de por la casa donde vivía Martha le pidió que la acompañara al cementerio Jardines de la Esperanza. Las vueltas que da la vida.

"Cuando llegamos vimos un entierro muy hermoso con músicos tocando", aseveró Martha. De inmediato le dijo a su amiga que ese entierro debía ser porque un músico se había muerto. "A mí me dio curiosidad y fui y me asomé y era el profesor que me había prestado la flauta", la voz se le corta y hace una pausa, entre lágrimas dice que se quedó con el instrumento. Asegura que ese préstamo fue sin duda lo que hizo que se enamorara de la música.

Martha y una Colombia más justa

"Es muy comprometida y muy noble, siempre busca hacer las cosas bien y que generen impacto", así la describe Laura González, su sobrina.  Martha se considera altruista, dice que siempre le han gustado los temas que tengan que ver con la paz y el amor por el prójimo.

“El Banco de la República creó un proyecto con el fin de vincularse a todo el proceso de paz del país, y a mí me invitaron desde que inició y hace tres años hago parte de él", explica la profe.

Con esta vinculación, Martha empezó realizar con sus estudiantes trabajos relacionados con este tema. A finales del año pasado, realizó una actividad con los niños de la escuela y con una abuela de la vereda. La basó en un libro que se llama Los niños piensan la paz. "Yo le tomé unas fotos a los niños ese día y quedaron tan bonitas, las mandé con el permiso adecuado. Y allá en Bogotá, en Mediadores de Paz, les encantó. La pusieron de portada de la página y todo". Cuenta con orgullo

No sabe si fue por la foto o por qué, pero este año se hizo el tercer Encuentro de Mediadores Culturales en Bogotá y la escogieron a ella para que representara a Manizales en todo el país.

Martha se describe como una persona muy sensible, tanto que según ella, a veces se pasa. "Me gustan mucho las cosas sencillas de la vida, sin muchos adornos, sin muchas apariencias, prefiero las cosas como son. Me encanta la naturaleza, la amo. Soy muy poco convencional, me gusta meterme en las causas y luchar”, concluye con tono pícaro.

Luego de un día de clases, de cantos, de rimas y de mucho amor, es hora de que la profe regrese a su casa. Ahora bajo un clima menos inclemente, vuelve a su hogar. Debe preparar la clase del día siguiente, finalmente, construye, día a día, una sociedad distinta para los niños de la vereda y, para eso, debe madrugar.





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